miércoles, 29 de julio de 2020

Dulce luna callada...




“Desciendo a lo profundo

De la noche prodigiosa

A la búsqueda de un mensaje de amor

Pero el amor no envía telegramas

No llama desde un teléfono ordinario

No envía fotos, ni habla en magnetofón 

No compra regalos.


Apareces como un grito salvaje

Nacido de mi propio y misterioso abismo

Canción intraducible 

De las entrañas

De mis más íntimos planetas.


Retornas a mí 

Como mi dulce luna callada.


Es medianoche

Y vigilas mi corazón 

Como un sol invisible.


Es medianoche

Y me persigues

Ofreciéndome la verdad que necesito

Velas mi infierno

Afligido y lloroso me despierto

Mi casa oscura está rebosante de cometas.”


Poema de Thomas Merton 

(Dedicado a M.)

martes, 28 de julio de 2020

Elogiar la disidencia...




“Las instituciones, todas, soportan mal la disidencia. La historia nos enseña que ese soportar mal la disidencia les ha llevado incluso a la crueldad con los disidentes. Quizá con la evolución de la humanidad, con la ilustración y la democracia, se han moderado las formas, pero la disidencia sigue molestando y, en el fondo, personas e instituciones siguen aspirando siempre a ganar por goleada o a resolver sus congresos “a la búlgara”.


No es fácil, nada fácil, sentirse en disidencia. Porque la disidencia es como una molesta piedra en el zapato de tu aprecio y cariño por personas e instituciones. No quisieras sentirla, pero ahí está. Y te obliga, además, a un doble discernimiento. Un primer discernimiento de depuración de esa disidencia, de examen de la misma: de ver hasta qué punto está contaminada de intereses particulares, soberbia, envidia o cualquier sentimiento o motivación no limpios u honestos. Un segundo discernimiento para ver qué haces con tu disidencia: si sólo te la tragas y la procesas interiormente o si, además, la manifiestas y ante quién y de qué manera. Ni el primero ni el segundo son discernimientos fáciles.


Sin embargo, y con todo, me parece que acoger esa disidencia (con su necesario discernimiento) sigue siendo un ejercicio de libertad interior, a la que no quisiera renunciar, a pesar de los costes que pueda tener, que los tiene. También creo que personas e instituciones que no teman acoger, y discernir también ellos, las disidencias que suscitan sus palabras, sus hechos, sus decisiones, serán mejores y más capaces de servicio, de no vivir centradas en sí mismas y en su propia gloria.”


Darío Mollá

viernes, 24 de julio de 2020

La mujer va dejando atrás la sumisión al poder eclesiástico y exige igualdad en la iglesia...




“El Colectivo Todos Apóstoles está compuesto por mujeres comprometidas con la Iglesia y apoyadas por una diversidad de bautizados. Este colectivo pretende vincular a las personas y movimientos de laicos comprometidos por la igualdad de las mujeres en la Iglesia, porque la ausencia de mujeres en puestos de responsabilidad (ya sea en el gobierno de nuestras parroquias, nuestras diócesis, el Vaticano o como ministros ordenados) es tanto un escándalo como un contra-testimonio de la Iglesia. Esta inmensa injusticia no es un problema menor, sino que afecta a todo el cuerpo eclesial.


La discriminación contra las mujeres es una de las más visibles y violentas. Para que la Iglesia pueda cumplir su misión, debe permitir a las mujeres el acceso a los diversos ministerios ordenados, así como a las altas responsabilidades de la institución, incluso con el fin de apoyar estas reformas indispensables para una sinodalidad efectiva del poder, que es responsabilidad de todos los bautizados.


No nos equivoquemos: el hecho de que las mujeres puedan ser ordenadas no confirma un funcionamiento jerárquico. El acceso de las mujeres a los ministerios y responsabilidades cuestiona precisamente la actual estructura de gobierno de la Iglesia, el significado de la ordenación así como el significado de la igualdad entre mujeres y hombres bautizados.


El obstáculo para abrir estos ministerios y organismos a las mujeres, y más ampliamente a la ordenación, no es ni teológico ni espiritual, es político y cultural.


Largas y dolorosas han sido las décadas durante las cuales las mujeres católicas bautizadas han pedido educadamente una verdadera igualdad dentro de su Iglesia. No se tienen en cuenta, apenas se escuchan. Se nos pide que nos conformemos con una nueva comisión sobre el diaconado de las mujeres, mientras que la anterior fracasó en 2016 e incluso sus propios miembros no creen en su resultado favorable.  Y todavía se nos pide que seamos pacientes. Pero hoy, ante la urgencia de la situación de nuestra Iglesia, no tenemos más remedio que afrontar estos obstáculos.


Y esto no es una tarea pequeña: el silencio de las mujeres en la Iglesia durante siglos aún persiste de manera difusa. Muchas de las mujeres que hemos conocido no se atreven a solicitar la afiliación por miedo a perder sus trabajos de enseñanza en los institutos católicos o ser marginadas en sus actividades parroquiales y diocesanas.


La multiplicidad de escollos a los que se enfrentan las mujeres revela profundos desafíos para la Iglesia: la ruptura de la partición clerical-laica; una estructura de gobierno excesivamente vertical y poco transparente; la confusión entre el poder, lo sagrado y lo masculino; el acoplamiento entre las funciones sacerdotales y las funciones ejercidas en los órganos de decisión; y la discriminación de las personas por su género o estilo de vida.”

(Fragmentos del Manifiesto del Colectivo Todos Apóstoles)



La mujer, cada vez con más formación teológica y menos dependencia psicológica de un paternalismo clerical, va dejando atrás la sumisión al poder eclesiástico y exige igualdad en los ministerios y participación con voz y voto en en los órganos de dirección y gestión eclesiales. Es momento de que las mujeres se nieguen a ser utilizadas en las parroquias, por el clero de turno, solo a la realización de tareas pseudo domésticas, decorativas y subalternas...




miércoles, 22 de julio de 2020

Manipulación del protagonismo de la mujer: María de Magdala...




“María Magdalena... durante siglos se invisibilizó su papel y su protagonismo en el cristianismo de los orígenes y se divulgó una imagen que no tenía nada que ver con la realidad. Se le confundió con la pecadora pública que entró a casa de Simón y ungió los pies de Jesús y con María la hermana de Marta y Lázaro. 


El arte cristiano, la liturgia y la predicación se han encargado de mantener esa imagen de María Magdalena y han dejado en la sombra el hecho de haber sido la primera testiga de la resurrección y a quien primero se le confió anunciar esa Buena Noticia. Es decir, fue ella la primera evangelizadora y la que anunció a los otros apóstoles que Jesús había resucitado.


Es urgente que se presente de la manera como siempre debió ser, el papel de las mujeres en el cristianismo primitivo y, por ende, el lugar que hoy deberían ocupar en la iglesia. Más aún, es cuestión de justicia, porque no es un capricho, un intento de introducir en la iglesia los avances sociales respecto a los derechos de las mujeres, sino una característica esencial del movimiento de Jesús: la inclusión de mujeres y varones en condiciones de igualdad.


Los estudios actuales han avanzado mucho en comprender cómo se fue quitando el protagonismo a las mujeres (bien por acomodarse a la sociedad de entonces y evitar problemas, bien por cuestiones de poder que siempre han estado presentes) pero la dificultad es que los resultados de esos estudios entren en la conciencia cristiana y se renueve nuestra manera de ser iglesia.”


Consuelo Vélez

La función de la ciencia y la religión...




“Con motivo de la actual pandemia ha vuelto a plantearse el viejo problema de la relación entre ciencia y religión, con tendencias encontradas entre quienes consideran que ambas son incompatibles, quienes reducen la incompatibilidad a la que se produce entre ciencia y superstición, quienes creen que la religión es un obstáculo para los avances de la ciencia, quienes defienden la autonomía e independencia de ambas y quienes, en fin, son partidarios del diálogo y la cooperación.


La posición extrema es la de los creyentes fundamentalistas que interpretan la pandemia como un castigo que Dios manda a la humanidad por su maldad, por haberse apartado de la religión y por el ateísmo cada vez más extendido. La respuesta la encuentran en la vuelta a la religión y a la fe en Dios, desconfiando de la ciencia, dándole la espalda o, al menos, dudando de su eficacia.


Los recursos que creen más eficaces ante escenarios dramáticos como el que estamos viviendo son pedir la intervención de Dios para que haga un milagro, la práctica de los rituales religiosos... Esta actitud es la que, sin duda, más daño hace a la religión y mayor alejamiento de ella produce.


Ciencia y religión han ejercido una gran influencia en la humanidad y en la naturaleza. No pueden, por tanto, desconocerse, ni caminar en paralelo, y menos aún entrar en confrontación, ya que cualquiera de esas posturas perjudicaría gravemente y por igual a los seres humanos y a la naturaleza. Han sido fenómenos culturales presentes en la historia en permanente interacción desde sus albores hasta nuestros días, unas veces en conflicto y otras en cooperación.


El modelo correcto de relación entre ciencia y religión tiene que ser el de la colaboración e interacción crítico-constructiva, en la que cada una se ubica en su propia esfera al tiempo que abandona todo intento de absolutización, ya que ninguna puede presumir de tener el mapa de la verdad.


La religión debe dejarse iluminar por los conocimientos de la ciencia, y la teología ha de tener en cuenta las aportaciones científicas. La ciencia puede verse enriquecida con el ethos de la compasión que ofrece la religión.


Pero ¿qué ciencia? No la arrogante y aristocrática, que selecciona a quienes tiene que curar en función de sus posibilidades económicas, sino la que está al servicio de la salud y el bienestar de la ciudadanía, especialmente de los más vulnerables.


¿Qué religión? No la dogmática, autoritaria y patriarcal, sino la que escucha el grito de las personas empobrecidas y de la tierra depredada y responde con actitud solidaria hacia las víctimas. 


¿Qué Dios? No el todopoderoso y supremacista, sino el “Dios activista de los derechos humanos”, el subalterno, que se enfrenta con el Dios invocado por los opresores, según la propuesta de Boaventura de Sousa Santos.


En la novela de Camus La peste, tras los desencuentros entre el jesuita Paneloux y el doctor Bernard Rieux, éste le dice al jesuita: “Estamos trabajando juntos por algo que nos une más que las blasfemias y las plegarias. Esto es lo único importante… lo que yo odio es la muerte y el mal, usted bien lo sabe. Y quiéralo o no, estamos juntos para sufrirlo y combatirlo”. Ésa es, creo, la función de la ciencia y de la religión en esta pandemia y después.”


Juan José Tamayo 

domingo, 19 de julio de 2020

Crisis de confesionalidad codificada, no de sentimiento religioso...



“No es la religión la que se encuentra en peligro, ya que el anhelo de felicidad y de búsqueda de la trascendencia (religare) existe en todas las culturas y épocas desde el comienzo de la humanidad. 


Lo que está en crisis es la confesionalidad, algo muy distinto y que tiene que ver con la manifestación externa del sentimiento religioso canalizado a través de una autoridad sagrada y jerárquica y con una praxis que no libera al ser humano. 


La religión no puede confundirse con los códigos y normas que le dan forma externa a este sentimiento. Las confesiones religiosas desaparecen cuando falla el ejemplo y la impostura se adueña de de sus seguidores, centrados en los ritos y liturgias en detrimento de la vivencia coherente de la fe . Y cuando esto no se manifiesta, crece el desinterés social hacia los modelos religiosos actuales.


El cristianismo (y cualquier otra manifestación religiosa) pierde su pujanza espiritual y social cuando la institución religiosa que le da soporte estructural y organizativo comienza a ser más importante que el mensaje; se cae en la tentación de las alianzas con el poder y ya no tiene nada que ofrecer con valor verdaderamente religioso. 


Ya no se acepta la mercantilización ni la imposición de lo sagrado y los espíritus más audaces y deseosos de vivir coherentemente su fe buscan fuera lo que no encuentran dentro de su Iglesia.


El sentimiento religioso se transforma hacia una mayor autenticidad. Esa búsqueda trascendente tan relacionada con propiciar el bien de nuestros semejantes resulta más auténtica y viva que en los tiempos en que la confesionalidad nos fue impuesta difuminando el amor del evangelio.”


Gabriel Mª Otalora


jueves, 16 de julio de 2020

Una claridad que la iglesia no quiere ver...




Está muy claro el mensaje del Evangelio, pero la institución eclesiástica haciendo la lectura que más le conviene para seguir manteniendo su estatus de poder a través de una organización y unas normas que le permitan gozar de sus privilegios, como su autoproclamada autoridad sagrada y estar en posesión de la voluntad divina. Todo ello ejercido por la casta del clero, con sus prerrogativas  y condiciones especiales. 

Intereses institucionales que necesitan, para seguir ejerciendo su autoridad humana y divina, mantener a la gente en una fe infantil y dependiente, obediente y acatadora de normas eclesiásticas  y discursos clericales. Una fe de cultos anquilosados y rituales muy mal “ventilados”. Una fe de muy poco fondo de coherencia evangélica, pero con mucha pía reverencia en los escenarios de procesiones, novenas, escapularios y otros espectáculos  con un rancio olor a naftalina... El aroma que parece ser el que más conviene a la institución clerical católica.

Una lástima!

Con thomas Merton, y más 

miércoles, 15 de julio de 2020

Dios ni otorga privilegios ni discrimina...




“En la historia, y más aún en la de la Iglesia, la diferencia ha estado vista bajo sospecha y amenaza, quizás como lastre heredado de una teología trinitaria más al servicio de un Dios todo poderoso y controlador que del Dios-Relación, comunidad de amor, que asume e integra diferencias sin asimilarlas, como nos revela Jesús.


Un Dios que rompe con todo exclusivismo religioso y cultural y al que se le rinde culto en espíritu y en verdad, allí donde emerge la autenticidad, la transparencia, donde brilla lo más auténtico del ser humano, lo más hondo.


Un Dios cuyo culto y adoración no está vinculado a un lugar físico o un espacio privilegiado sino más bien a una actitud indispensable, una posición existencial imprescindible: la honradez con lo real, la reverencia ante el misterio de proximidad en que se encarna y a hacerlo en espíritu y en verdad, lo cual es posible para cada ser humano, cada pueblo, y cultura de la tierra.


Por otro lado la globalización y la movilidad humana nos desvelan una verdad que nos sigue costando reconocer y asumir: no somos hijos e hijas únicas, ni nuestra cosmovisión es superior a otra. La identidad de un pueblo, una cultura, una religión no es una realidad estática sino dinámica y precisamente sólo en el diálogo y el tejido de las diferencias, desde el entramado de la vida compartida, se pueden desarrollar aspectos inéditos que las culturas, los pueblos y las espiritualidades y las personas portamos seminalmente.


Porque la diferencia es también algo que llevamos dentro. Es también lo que todavía no ha sido escuchado profundamente, mirado, acogido. Es una posibilidad por estrenarse en la danza de la vida entendida como relación e interdependencia. Por tanto la diversidad no es una amenaza para la comunión sino justo su condición.


El misterio de trascendencia e inmanencia que llamamos Dios es una realidad viva en el arco iris de la humanidad y del cosmos y no una verdad estática encerrada en un dogma. Como afirma Panikker la verdad es siempre relacional y cada ser humano y cultura es una fuente ontónoma de auto comprensión.


El mundo, la vida, el misterio en el que somos, nos movemos y existimos, no puede ser completamente visto e interpretado través de una única ventana. Es urgente superar el etnocentrismo y descolonizar la teología, la convivencia y la vida cristiana en general. Necesitamos vivir una fe que sea más intercultural.


Hoy entendemos la interculturalidad como una forma de vida consciente en la que se va fraguando una toma de posición ética a favor de la convivencia con las diferencias. La interculturalidad es una actitud y un enfoque filosófico que  intenta ir más allá de todo centrismo apostando por no conceder privilegios a priori a ningún sistema conceptual o tradición.


La interculturalidad como un sentir emergente en la teología promueve la conciencia de igualdad y reciprocidad entre la diversidad de culturas, la interacción y comunicación simétrica buscando diálogo entre iguales y sin jerarquizaciones previas. Su punto de arranque es por tanto la apertura a la pluralidad de textos y contextos considerados todos ellos como fuente de conocimiento y sabiduría y el atrevimiento a repensar de nuevo la propia tradición a la luz del diálogo crítico con otras tradiciones.”


Mª José Torres

domingo, 12 de julio de 2020

Comportamientos institucionales de la religión...




“Una de las funciones de la religión patriarcal es la de exorcizar los miedos a través de la dominación y la exclusión. Y ese exorcismo no sólo aconteció a nivel simbólico y discursivo, sino también en las prácticas históricas concretas.


Por eso se pueden señalar las contradicciones inherentes a la religión patriarcal, excluyente no sólo de las mujeres y de los diferentes (las personas y grupos que escapan a los patrones considerados normales), sino también de la naturaleza y sus energías. El dominio masculino del establishment tuvo que ser hegemónico en casi todos los niveles de la actividad humana y particularmente en el religioso.


Las mujeres, como todos los seres en el orden patriarcal, deben obedecer a un patrón social preestablecido. Entran en la dinámica de la cultura de la obediencia, casi sin percibir que obedecen sin opción y participan de una igualdad idealizada y jamás efectivizada en la vida real ni en las relaciones cotidianas. En la religión patriarcal,  pretender hacer creer que Dios confirma ese orden vigente.


La religión, institucionalmente, le hace el juego al poder establecido. No se dice públicamente lo que se piensa cuando está en juego su interés, su poder o su supervivencia. El mundo de la religión institucionalizada parece obedecer a las mismas reglas de apariencia e hipocresía presentes en otras instituciones, aunque intente aparecer como defensora del derecho y de la justicia en nombre de Dios.


Los discursos religiosos están lejos de las condiciones reales y de los proyectos actuales de la sociedad. La impresión que se tiene es que hablan de soluciones a partir de un mundo desconocido y que proponen caminos que incluso no son vividos en el interior mismo de las instituciones religiosas. Se tornaron instituciones poderosas con un sofisticado sistema de protección y un discurso oficial hermético. 

Silencios, omisiones, connivencias, concesiones, complicidades, pautan los comportamientos institucionales de la religión.”


Ivone Gebara

viernes, 10 de julio de 2020

La sinfonía de Dios suena más allá de todas las estructuras...




“Cuando la religión se toma demasiado en serio, colocándose entre Dios y la persona, oscurece a Dios y se produce un eclipse de Dios.


En su meta parece que coinciden todas las religiones. Cuando se penetra hasta la médula, se encuentra la misma verdad, solamente se utilizan diferentes términos para denominarla. Las religiones se diferencian en sus Caminos de retorno hacia la Realidad última y en sus intentos de darle un nombre. Y seguirán diferenciándose siempre. En mi opinión, necesitamos la diversidad para abarcar cuantas más facetas posibles de lo divino, tanto en palabras como en imágenes.


Dios es una gran sinfonía que suena. Él no la ha compuesto y ahora la dirige desde el exterior, sino que Él mismo suena como sinfonía. Toda forma es una nota completamente individual, única e inconfundible. En esto estriban nuestra dignidad e individualidad.


La verdad que es común a todos yace en el núcleo de todas las religiones. La religión es comparable a una vidriera. Quedará oscura si no es iluminada por una luz detrás de ella. Pero nunca deberíamos olvidar que la vidriera no es lo último, sino la luz que hay detrás. 


A menudo la religión tiene la tendencia de fijar a sus seguidores a las estructuras de la vidriera. Muy pocas declaran abiertamente que las Sagradas Escrituras, los símbolos y los ritos no son más que el dedo que apunta a la verdad, pero no son verdad misma. La unidad de las religiones no se encontrará jamás en sus enunciados, imágenes, símbolos o liturgias, sino en la experiencia de aquello que las palabras, las imágenes y los ritos quieren transmitir.


Tan sólo ha realizado el sentido y la meta de la religión aquél que oye la sinfonía Dios más allá de todas las estructuras. Por ello es muy importante que las religiones mantengan transparentes sus conceptos, símbolos e imágenes, de tal forma que no oculten lo que quieren revelar.”


Willigis Jäger

martes, 7 de julio de 2020

Creer en Dios no implica un sometimiento al poder de la institución eclesiástica...





“Creo que Dios es real y que vivo profunda y significativamente relacionado a esa Realidad divina.


Proclamo a Jesús mi Señor. Creo que él es el mediador de Dios de una forma poderosa y única en la historia humana y en mi vida.


No creo que Jesús fundó una iglesia, ni que haya establecido jerarquía eclesiástica, iniciada por los doce apóstoles que perdura hasta nuestros días. No creo que haya creado los sacramentos como medios especiales de gracia, ni que esos medios sean o puedan ser controlados por la Iglesia y por lo tanto tengan que ser presididos por el clero. Todas esas cosas representan para mí un intento de los seres humanos de ganar poder para sí mismos y para sus particulares instituciones religiosas.


No creo que los seres humanos nazcan en pecado y que, a menos que sean bautizados o de alguna forma salvados, vayan a ser expulsados para siempre de la presencia de Dios. Considero que el concepto mítico de la caída del ser humano a algún status negativo, no es una visión correcta de nuestro comienzo, ni de origen del mal. Concentrarnos en la caída de la humanidad como un estado de pecado, y sugerir que ese pecado sólo puede ser vencido por una iniciativa divina que restaure la vida humana a un status pre-caída que nunca estuvo, son conceptos muy extraños para mí, que sirven, otra vez, principalmente para construir el poder institucional.


No creo que las mujeres sean menos humanas ni menos santas que los hombres, y, por lo tanto, no me puedo imaginar formando parte de una Iglesia que, de alguna forma, discrimine a las mujeres, o sugiera que la mujer no es apta para ejercer cualquier vocación que la Iglesia ofrezca a su pueblo, desde el papado hasta las funciones más humildes de servicio. Considero que la tradicional exclusión de las mujeres de las posiciones de liderazgo en la Iglesia no es una tradición sagrada, sino una manifestación del pecado del patriarcado.


No creo que los homosexuales sean personas anormales, mentalmente enfermas o moralmente depravadas. Además, considero que cualquier texto sagrado que sugiera eso está equivocado y mal informado. Mis estudios me llevaron a la conclusión de que la sexualidad en sí, incluyendo todas las orientaciones sexuales, es moralmente neutra, por lo que puede ser vivida positiva o negativamente. Me parece que el espectro de la experiencia sexual humana es muy amplio. En ese espectro, un determinado porcentaje de la población, en todas las épocas, se ha orientado hacia las personas del mismo sexo. Sencillamente así es la vida. No me puedo imaginar ser parte de una Iglesia que discrimine a los homosexuales o a las lesbianas por lo que son. Ni quiero participar en prácticas eclesiásticas que considero basadas en una ignorancia prejuiciosa.”


John Shelby Spong


El problema no es la fe, sino la forma literal en que se ha articulado la fe, para obtener poder, por la institución eclesial. 

domingo, 5 de julio de 2020

Los daños causados por una lectura literal...





“Para quienes crecimos con una formación religiosa desde la infancia, la lectura literal de la Parabola del sembrador condicionó nuestra visión de la realidad en dos aspectos con frecuencia determinantes: el dualismo y el moralismo


En aquella lectura no era difícil dar el paso de la imagen de Dios como sembrador a la idea de un Dios separado y, por tanto, distante. De hecho, en la práctica, la transcendencia se entendía como distancia (incluso física). Esa creencia de separación, no solo alimentaba un dualismo religioso -Dios frente al mundo- de nefastas consecuencias, sino que era la fuente de otras ideas no menos peligrosas en sus consecuencias: la heteronomía, el pecado, la culpa, la alienación, el infantilismo religioso…

 

Con frecuencia, el dualismo religioso iba acompañado de moralismo. Si la semilla no daba fruto en una persona se debía sencillamente a su propia maldad, ya que no había preparado adecuadamente su “terreno”. Ahí se hacía presente la culpa en quien creía ser un terreno improductivo o el fariseísmo en quien consideraba que había pasado toda su vida esforzándose por cumplir con la norma establecida. Fariseísmo que, como suele ocurrir, derivaba luego en actitudes de juicio y condena de quienes no “cumplían” como uno.


Dualismo y moralismo han generado mucho sufrimiento en la historia de las religiones. Pero me parece que no podrán superarse mientras se mantenga la creencia en un Dios separado, que fácilmente será una proyección del propio creyente.


En una realidad en la que no existe nada separado de nada, el término “Dios” no puede ser sino uno de los nombres para referirse a la profundidad de lo real, aquel fondo consciente y amoroso de donde todo está brotando en permanencia.


 Quienes mantienen una fe teísta suelen argüir que esta forma de hablar de Dios lo “empobrece”, reduciéndolo a algo impersonal o incluso a una “vaguedad”. Pero me parece que solo puede verlo así quien ha absolutizado la forma “personal” y no ha experimentado nada más. Lo que llamamos “Dios” no puede ser “personal” ni mucho menos “impersonal”; transciende por completo esas categorías de nuestra mente.


¿Qué significa entonces el “sembrador”, la “semilla”, los “terrenos”…? Se trata sencillamente de metáforas –es imposible hablar de lo transcendente sin recurrir a ellas– para hablar de la vida que se está desplegando sin cesar. La vida es, a la vez, sembrador, semilla y terreno… Y esa vida, no el yo o la persona, constituye nuestra verdadera identidad.


Y ahí topamos, como siempre, con la paradoja: visto desde el plano profundo, más allá de las formas que nos llegan a través de los sentidos neurobiológicos, todo es un fluir de la vida, sin mérito ni culpa de nadie; visto desde el plano de las formas, vivimos en la tarea de preparar nuestro “terreno” para que la vida pueda fluir a través de nosotros. Una tarea que arranca con la comprensión y que se plasma –otra vez la paradoja– en actitudes de aceptación y esfuerzo, de confianza y responsabilidad, de contemplación y compromiso.”


Enrique Martinez Lozano 


sábado, 4 de julio de 2020

Una mística no evasiva, que luche por la justicia...




“Los más recientes estudios muestran que la mística no es una experiencia pasiva sino que compagina intelecto y afectividad, razón y sensibilidad, experiencia y reflexión, facultades de pensar y amar, teoría y práctica transformadora.


Coincido con Metz en que el cristianismo, ha sido históricamente una religión más sensible al pecado que al dolor de las víctimas. Es necesario invertir las prioridades: el dolor antes que el pecado o, por mejor decir, el dolor causado por el pecado de causar víctimas y de olvidarse de ellas. No hay más que abrir el Evangelio, la primera biografía del cristianismo, para comprobarlo en la persona de Jesús de Nazaret, el Cristo liberador, indignado con las injusticias y compasivo con quienes las padecen en su propia carne.


El cristianismo es una religión mística no solo como experiencia espiritual, sino como experiencia política; no una mística sin rostro, sino buscadora de rostros, de los rostros de las personas y colectivos humanos doloridos y sufrientes. Una mística que tiene su fundamento en la autoridad de las víctimas y su fuerza en la compasión, caracterizada por el hambre y la sed de justicia.


Una mística inconformista y no evasiva de la realidad, que tiene una dimensión crítico-pública e incide directamente en la vida política al servicio del bien común. 


La mística es una experiencia fundamental de las religiones y un camino –quizá el mejor camino- para la superación de los fundamentalismos, que constituyen hoy una de las más graves patologías de las religiones. Como acabo de afirmar, la mística es inseparable de la lucha por la justicia. Un ejemplo es la experiencia de la pensadora francesa Simone Weil, que vivió la experiencia mística trabajando en cadena en una fábrica de coches en solidaridad con los sectores más vulnerables de la sociedad.


La mística debe tratada desde la perspectiva feminista, integradora de las diferentes experiencias religiosas y laicas, que responda a los desafíos de nuestro tiempo, compagine teoría y práctica liberadoras, trabaje por la justicia y contribuya a construir una sociedad fraterno–sororal y una comunidad eco-humana sin exclusiones.


¿Es posible hablar de mística, vivir místicamente hoy? Sí, pero con una condición: ponerse del lado de las víctimas que generan los diferentes sistemas de dominación: capitalismo, patriarcado, colonialismo, terrorismo global, racismo, supremacismo, fundamentalismos, depredación de la naturaleza, aporofobia.”


Juan José Tamayo


jueves, 2 de julio de 2020

Religiosidad de la fe inmadura...





“Muchos fieles adultos no poseen otra formación en la fe sino la que recibieron en la infancia. La fe necesita de alimento sólido. No se puede nutrir adultos con papilla de bebés. 


Hoy en día, los estudios bíblicos están de tal modo avanzados que muchos fieles, tal vez, se sentirían abrumados en su fe si enfocaran los relatos evangélicos a la luz de las investigaciones más recientes y desprovistos de envoltorios míticos. La avalancha devocional recubrió de tal modo los personajes bíblicos tanto como al propio Jesús, que queda difícil de aproximárseles como humanos. 


Aún hoy, algunos cristianos creen en un Dios cruel que, ofendido por nuestros pecados, exigió que su ira divina fuese aplacada por un sacrificio igualmente divino; ¡La muerte de su hijo en la cruz! ¿Qué tipo de padre se complace en ver a su único hijo crucificado?


Todos sabemos cómo Jesús perdió la vida: Asesinado. ¿Por qué? ¿No era él una persona tan buena, espiritualizada, que “pasó la vida haciendo el bien”, como dice el evangelista Juan? ¿Quién podría querer matarlo?  


Ahora bien, Jesús no tenía nada de esa figura angelical alimentada por efluvios piadosos. Él era “señal de contradicción”. Se posicionó del lado de los que sufren injusticias. Denunció a los ricos y a las autoridades de su tiempo. Incomodó a los opresores. No admitió que se especulase con dinero en el Templo, la casa de Dios reducida a “cueva de ladrones”.      


Por eso mismo fue asesinado por dos poderes políticos, el romano y el sanedrín judío. Pilatos y Caifás. Murió como prisionero político. Nada de eso interesa a quien corrompe el Evangelio y retacea su contenido para alimentar una religiosidad de consolación, y no de compromiso; de evasión, y no de militancia, de fuga de “este valle de lágrimas” y no de inserción amorosa y liberadora en el mundo.”  


Frey Betto