jueves, 22 de febrero de 2024

La religión y Dios…



 “La religión es comparable a la luna, que ilumina la Tierra pero recibe su luz del sol. En sí misma, la luna carece de fuerza; su brillo es tan solo el reflejo del sol. Si la luna se coloca entre la Tierra y el sol ocurre un eclipse de sol, y en la Tierra reina la oscuridad. Lo divino se puede comparar con el sol: ilumina la religión para que ésta brille para las personas y les acompañe en la oscuridad de su búsqueda. Pero en cuanto la religión se toma demasiado en serio, colocándose entre Dios y la persona, entonces oscurece a Dios y se produce un eclipse de Dios.

En su meta parece que coinciden las religiones. Cuando se penetra hasta la médula, se encuentra la misma verdad, solamente se utilizan diferentes térmi- nos para denominarla. Las religiones se diferencian en sus caminos de retorno hacia la Realidad última y en sus intentos de darle un nombre.


La verdad que es común a todos yace en el núcleo de todas las religiones. Tan solo ha realizado el sentido y la meta de la religión aquél que oye la sinfonía Dios más allá de todas las estructuras.”


Willigis Jäger 

miércoles, 14 de febrero de 2024

Desiertos…



 “En la Biblia, desierto significa, a la vez y de manera paradójica, lugar de prueba y lugar de intimidad con Dios. Aunque, si lo miramos detenidamente y, sobre todo, si lo experimentamos, apreciaremos el sentido de aquella paradoja.

Lo que solemos designar como “prueba” (pérdidas de todo tipo, dificultades, contratiempos, crisis…-) saca a flor de piel nuestra vulnerabilidad. Y cuando la vulnerabilidad se acoge y se acepta, abre la puerta a nuestra humanidad profunda y, con ella, al amor y la compasión. De ese modo, la prueba se convierte en puerta que nos introduce en la profundidad.


El ser humano tiende a buscar e instalarse en cualquier zona de confort. Como si en cada uno de nosotros viviera un pequeño burgués amante de la comodidad y del bienestar. Y eso no está mal. Lo malo suele ser que esa misma dinámica tiende a mantenernos en la superficie, alejados de lo mejor de nosotros mismos, de los demás y de la vida. Porque en la superficie fácilmente nos conformamos con “sobrevivir”.


Las pruebas nos zarandean y, al hacerlo, si no nos hundimos ni nos endurecemos, nos obligan a buscar aquello que nos sostiene; la experiencia de lo impermanente (doloroso en sí mismo, antes o después) nos pone en camino de aquello que permanece. El propio dolor nos muestra nuestra vulnerabilidad, haciéndonos conscientes de que no podemos escamotearla.


Y es ahí, al abrazarla, cuando nos hace más humanos. Y eso ocurre porque, como escribe Eckhart Tolle, solo en la medida en que aceptamos nuestra vulnerabilidad, descubrimos nuestra invulnerabilidad verdadera. Absolutamente vulnerables en la forma, somos, a la vez, aquello que permanece siempre estable. por ese motivo, también el desierto, cuando sabemos vivirlo, nos conduce a casa.


La experiencia del desierto nos humaniza porque nos hace pasar de la superficialidad a la profundidad, del narcisismo a la empatía y la compasión, del egocentrismo a la ofrenda, del despiste sobre nosotros mismos a la comprensión y el gozo de lo que realmente somos, de sobrevivir a vivir en plenitud…


Enriquece Martinez Lozano

domingo, 11 de febrero de 2024

No es desaparecer…



 “Dicen que antes de entrar en el mar, el río tiembla de miedo... mira para atrás, para todo el día recorrido, para las cumbres y las montañas, para el largo y sinuoso camino que atravesó entre selvas y pueblos, y ve hacia adelante un océano tan extenso, que entrar en él es nada más que desaparecer para siempre.

Pero no existe otra manera.

El río no puede volver. 

Nadie puede volver.

Volver es imposible en la existencia.

El río precisa arriesgarse y entrar al océano.

Solamente al entrar en él, el miedo desaparecerá,

porque apenas en ese momento, 

sabrá que no se trata de desaparecer en él, sino de volverse océano.”


Khalil Gibran

domingo, 4 de febrero de 2024

Interpretación frente a fundamentalismo…




 “La teología es ante todo interpretación, acto hermenéutico, no descripción de las “realidades” del más allá, del cielo (física de las postrimerías), no repetición de textos, ni recitación del Credo, ni siquiera comentarios de texto. Los propios textos fundantes de la tradición judeo-cristiana ya son interpretación, no relatos de hechos brutos. La interpretación se impone por la distancia histórica (cultural, religiosa, lingüística) entre el momento en que se escribieron los textos y la época en que se leen; entre el contexto de entonces y el de ahora. La interpretación viene exigida por la diferencia tan profunda que existe entre nuestro mundo (usos, costumbres, formas de pensar, de entender el mundo...) y el mundo en que se acuñaron los conceptos tradicionales.

La interpretación es el mejor y el único antídoto contra el fundamentalismo, ese fantasma que recorre el mundo y que vive hoy un preocupante despertar en las religiones, en todas las religiones, sobre todo en las mono- teístas, y también en la cristiana. Su característica principal es la renuncia a la hermenéutica. El fundamentalismo cree que los textos sagrados han sido revelados directamente por Dios, dictados por Dios, que son inmutables, que tienen un solo sentido, el literal, y que debe aplicarse a cada situación concreta en su literalidad.


Sin interpretación no hay teología. En este sentido, toda teología es hermenéutica. La teología debe entenderse como interpretación actualizante de la Palabra de Dios, como interpretación creadora del mensaje cristiano hermenéutica de la Palabra de Dios y hermenéutica de la existencia humana son inseparables.”


Juan José Tamayo